Monthly Archives: noviembre 1974

DIOS SE PREOCUPA POR TODOS LOS HOMBRES

 

Jonás 4

 

  Introducción:

  Es una realidad innegable que todos nosotros nos encontramos mejor entre los que conocemos, nuestros familiares, vecinos o amigos. Que en el trabajo, en el hogar y aun en las diversiones procuramos sentirnos cómodos rodeándonos de aquellas gentes o personas que confiamos por el sencillo hecho de que de ellas no esperamos ninguna traición, zancadilla ni trastada. Esto es lo natural. Por eso, a veces, pasamos por alto los más ricos o los más pobres, los de mejor o peor preparación, los de otra raza, etc. Sin embargo, es necesario reconocer que Dios ama a todos por igual y que nosotros, que hemos gustado el evangelio, hemos de compartirlo con otros, no debiendo importando su condición social, cultura, sexo ni raza. Pero se nos presentan dudas y hasta razonamientos que tienden a minar nuestros buenos deseos y nos hacen ver lo difícil que resulta comprender la responsabilidad que tenemos de comunicar el amor de Dios a otras personas que nos son ajenas. Vemos nuestros problemas tan grandes y nuestro crecimiento espiritual tan lento que, ¿cómo vamos a ayudar a los otros cuando nosotros mismos estamos necesitados de ayuda? Por otro lado es normal que las creencias de una persona parece que representan cuando menos su propiedad privada y que, por lo tanto, somos los primeros en respetar la libertad religiosa de cada cual. Así, tal y como queremos que la gente respete nuestro derecho a creer según nos dicte la conciencia, debemos respetar las doctrinas de otras personas.

  El pequeño libro de Jonás es uno de los grandes documentos de la Biblia que nos muestra que ambas actitudes  son falsas, o cuando menos, están basadas en falsas premisas. El Evangelio es la evidencia del amor de Dios para cada persona de este mundo, de modo que no podemos decidir si queremos comunicarlo o no, estamos bajo órdenes de llevar el mensaje por palabra y ejemplo a otras vidas y no podemos evitarlas. Hemos de predicar al Cristo crucificado. El cristiano, como el soldado, tiene un deber que cumplir que no siempre es de su gusto. Pero su código es la fiel obediencia al Señor y por él debe morir si es necesario. Dios se preocupa por todos los hombres, cierto. Este es el mensaje y nosotros… ¡los mensajeros!

  Dejamos la lección del domingo anterior en aquellas palabras de esperanza dichas por el profeta Ezequiel en el sentido de que Dios iba a escoger cariñosamente a sus hijos uno a uno a pesar de que estuvieran esparcidos por los campos que representaban otros tantos países del medio y lejano oriente. Hoy tenemos como texto áureo la oración de otro gran hombre de Dios que clama en el mismo sentido: Diré al norte: ¡Entrégamelos! Y al sur: ¡No los retengas! Trae de lejos a mis hijos y a mis hijas de los confines de la tierra. A cada uno que es llamado según mi nombre y a quien he creado para mi gloria, yo lo formé, Isa. 43:6, 7a. Es ese grito del alma que pide la reunión, yo ya tan sólo del pueblo de Israel, sino del pueblo elegido por Dios, de todos nosotros, de todos los que nos han precedido y los que nos seguirán. Pero además, en ese cada uno que es llamado por mi nombre, hay algo más. Hay un fuerte deseo por aquellos que ya hemos predicado para que se vuelvan hacia su Señor, que todos los que han de ser llamados se den cuenta por fin del grito y que, en suma, todos y cada uno de los que hemos sido elegidos como mensajeros salvos, partamos hasta los confines de la tierra en ansia misionera sabiendo que cuando todos sus habitantes le hayan conocido, vendrá a buscarnos. Y como sabemos que cada nuevo convertido por nuestro esfuerzo testimonial es motivo de alegría y agradecimiento, no entendemos muy bien la actitud de Jonás, el cual, a través de Dios, consiguió conversiones masivas de ciudadanos asirios. Él sabía que si iba a predicar a Nínive, sus habitantes de convertirían, por eso no quería ir. Claro que no debiéramos ser muy severos con el profeta porque puestos en su caso no sabemos lo que hubiéramos hecho. Se ha dicho muchas veces que todos nosotros tenemos algo de Jonás y no sin razón. Pues si bien es verdad que hoy no hay una Nínive para predicar ni una España para huir, si existen ciudades, familias y amigos a quiénes deberíamos advertir lo quebradiza que es su seguridad actual y que debieran arrepentirse antes de que sea demasiado tarde. Claro que para eso debemos dejar la sombra de nuestra comodidad y eso… es harina de otro costal.

  Como quiera que el libro de Jonás sólo tiene cuatro caps y creo que todos lo habrán leído, vamos a hacer un pequeño resumen: (a) Un profeta huyendo de su Dios, 1:1-17; (b) un salmo de buen agradecimiento de Jonás al ser librado del gran pez, 2:1-10; (c) un misionero rebelde, 3:1-10, y (d) Jonás trata de limitar la justa misericordia divina, 4:1-11.

  Esta última parte es la más importante y la que ahora vamos a dedicar nuestra atención:

 

  Desarrollo:

  Jon. 4:1. Un espíritu egoísta y exclusivista parece que aflora en este v. Al ver el arrepentimiento de los habitantes de Nínive, Jonás supo que Dios no iba a destruir la ciudad como indicaba la parte negativa de su mensaje. Él odiaba a los asirios y quería la ruina de la ciudad. En parte, hablando como hombres, pensamos que tenía razón, los asirios eran guerreros muy crueles y habían invadido a Israel en muchas ocasiones. Destruyeron y quemaron la ciudad de Samaria con una matanza horrible de sus habitantes y más tarde ocuparon el resto de Canaán y aunque no tomaron la ciudad de Jerusalén, devastaron casi todos los pueblos de los alrededores. Y Jonás, como judío, no quería dar a este pueblo una oportunidad de arrepentirse, quería verles recibir el castigo y el juicio que tanto merecían. Esta fue la razón de su huida en el primer cap. Lo repetimos: No quería predicarles ya que sabía que en caso de arrepentimiento, Dios iba a perdonarles. Bien, pues esto que tanto temía, sucedió. El hecho que todos, desde el rey hasta el más humilde, se arrepintieran le hizo enojarse en lugar de alegrarse.

  Jon. 4:2. Aquí se describe el enojo de Jonás. Conocía demasiado bien la naturaleza divina. Sabía que su Dios amaba a todos sin importar su raza, lengua, sexo o nacionalidad, pero él no estaba preparado para compartir un amor tan universal. Pero notemos que aun en su enojo Jonás no perdió su respeto por Dios, puesto que se le dirigió en oración. Ya hemos dicho que el profeta no huyó tanto porque tenía miedo del Señor o que pensaba que por medio de un viaje a España podía alejarse de su presencia. Sólo quería evitar que pasase lo que estaba pasando. Por otra parte sabemos que Jonás era más inteligente que lo que cabía esperar de sus maniobras. Sabía que Dios era su Creador y que lo era de la tierra y del mar, 1:9. Su viaje sólo era una manera muy pobre de renunciar a su posición de profeta. Salió del lugar donde Dios acostumbraba a hablarle y darles mensajes, para comenzar una nueva vida en otra parte en la que, por imposibilidad física de la distancia no tuviera que sentirse obligado a ser mensajero a los asirios. No, no tenía ningún problema en hablarles, lo que no quería es ser darles la oportunidad de ser salvos.

  Otra cosa importante que se incluye en este v 2, es como ya habréis, la alusión a la naturaleza del Señor. Es la misma que se describe en la introducción del mensaje de Dios a Moisés, Éxo. 34:6-8, y que se repite en Sal. 86:5, 15 y Joel 2:13. Dios es justo y clemente, da buenas cosas a los justos y a los que no lo son, es piadoso, tiene compasión por toda la humanidad. Es tardo en enojarse, su ira no explota al descubrir un error en el hombre. Es de gran misericordia, su amor es el amor leal del pacto que nunca deja de ser. Es fiel en su amor y cumple sus compromisos. Jonás nos demuestra conocerlo perfectamente y piensa con razón de que se arrepentirá del mal en el momento justo en que los objetos de su ira le pidan perdón con sinceridad.

  Aún podemos descubrir en este rico v la frase te arrepientes del mal, refiriéndose al Señor. No significa arrepentimiento en el sentido en lo hacen los hombres, es otra acepción del ve distinta. Significa tener profunda emoción, gemir, sentirse aliviado o ser misericordioso. Preguntamos, ¿por qué? Porque es la naturaleza de Dios mostrar misericordia al hombre. No quiere la muerte del pecador y diríamos que emite un gemido de gozo cuando no se ve forzado a aplicar su justicia en el pecador y puede actuar de acuerdo a su carácter. Este aspecto del arrepentimiento divino lo entendemos bien al estudiar Jer. 18:8, 11. El hombre tiene la responsabilidad de arrepentirse, (volver es el ve. que el he. usa para el arrepentimiento del hombre), para que Él pueda sentirse aliviado, arrepentido, al no tener que castigarlo, sino que puede bendecirlo de acuerdo con su verdadera naturaleza, Joel 2:13.

  Jon. 4:3. Jonás deseaba la muerte para no ver la aplicación del amor de Dios sobre los asirios, sus encarnizados enemigos.

  Jon. 4:4. ¡Qué extraño! ¿Dios tiene necesidad de justificar sus actos? No. Pero se interesa por todos y cada uno de sus hijos. Así que Jonás tiene un problema que el Señor no puede dejar sin solucionar. Fijémonos que la pregunta de Dios a Jonás sirve para llamar su atención sobre el punto originario de la razón de su enojo. ¿Haces bien en enojarte tanto? ¿Es correcta tu actitud? Si hubiera pensado un poco, hubiera visto que su enfado era absurdo e indigno de un profeta de Dios lleno de misericordia y amor hacia toda la humanidad, incluidos los gentiles. Lo curioso del caso es que esta conversación se produce en medio de la rara ciudad de Nínive que ya mostraba indicios de arrepentimiento. Y sin esperar al final del diálogo, nuestro hombre sale de la misma a la espera de los acontecimientos.

  Jon. 4:5. Tratando de hilar más fino, vamos a pensar que Jonás se sentó a esperar por varios motivos, quizás el arrepentimiento de los asirios no era genuino y al final Dios iba a destruir aquella ciudad, o de alguna forma, éste se manifestase terminando su fiel lección inconclusa, incluso, que alguna embajada local saliese a reconocer sus servicios. En realidad no sabía lo que Dios haría, pero si pudiera influenciarle lo haría en el sentido de la solución final, es decir, destrucción total, tal y como hizo con Sodoma y Gomorra. ¡Qué actitud tan diferente la adoptada por Jonás en ese momento comparándola con la de Abraham en una situación bien similar! ¿Recordamos el regateo del patriarca tratando de salvar a las dos ciudades condenadas por sus pecados? Por fin, nuestro hombre pensó que lo mejor era hacerse una cabaña y esperar a ver en que acababa la cosa. Fuese lo que fuese sería digno de verse.

  Jon. 4:6. El libro de Jonás ha sido llamado también “el Libro de las preparaciones de Dios.” (a) Preparó el gran viento que causó la tempestad en el mar; (b) preparó un gran pez que se tragara a Jonás, y (c) en este v preparó una calabacera para dar sombra al profeta mientras aguardaba. Notamos que Dios sabía del profeta caluroso y expectante y aun así se preocupó de su comodidad en tanto que la ciudad y su solución fue dejada en segundo lugar. Todo lo hizo Dios con la idea de enseñar al profeta rebelde, amén de que el Pastor no puede dejar extraviar a ninguna de sus ovejas. Es curioso observar que Jonás se alegró grandemente al tener sombra, pero se enojó al ver el arrepentimiento de los raros habitantes de Nínive. Debemos tener mucho cuidado en no dar más importancia a las cosas y a nuestra comodidad que a las personas que son nuestros prójimos. En otras palabras, hermanos componentes de la humanidad y de la Creación. Seguramente Jonás no entendió que esta era otra evidencia del poder del Señor, puesto que si pudo “librarle” de su malestar, y esto le dio mucha satisfacción, ¿no debía haberla hallado en el hecho de que Dios había librado a los de Nínive de su castigo? No, aquella noche sólo pensó en el frescor que encontraría al día siguiente a la sombra de la oportuna calabacera.

  Jon. 4:7. Con el fin de mostrarle lo equivocada de su actitud, Dios hizo otra preparación y le quitó la sombra.

  Jon. 4:8. Este recio viento solano es el simún árabe. Es un aire caliente y seco que hace subir la temperatura y aumenta toda la sequedad, entonces, el calor de la arena se hace insoportable para el cuerpo humano. Así que esta combinación de sol, viento y arena afectó mucho a Jonás. Enseguida volvió a su estado de desánimo manifestado en el v. 3. La diferencia estriba en que ahora se enoja por la pérdida de sus comodidades materiales.

  Jon. 4:9. Aquí casi se repite la pregunta del v 4. Muchas veces Dios nos enseña no diciéndonos exactamente lo que debemos hacer, sino a través de una pregunta, una actitud, un mensaje o un acontecimiento, que nos hace pensar en los resultados de la propia actuación.

  Jon. 4:10. Ahora vemos que Jonás no tenía derecho a quejarse, a lamentarse tanto. Él no plantó la calabacera ni tampoco la cuidó ni la cultivó, sin embargo, Dios sí creó a los de Nínive y los había cuidado hasta entonces. Era pues ridículo que Jonás se preocupase tanto por algo que no había hecho y pensara al mismo que el Señor no debería tener compasión por aquellos seres que habían sido creados a su imagen y semejanza. La otra enseñanza que podemos sacar de este v es que la planta era algo transitorio. Creció en una noche y desapareció en otra. Por otro lado, el hombre es la creación de Dios y va a tener años para obrar el bien o el mal en este mundo y después gozar o sufrir las consecuencias de su vida en aquella otra que será eterna. Esta lección es clara: ¡Debemos prestar más atención a las personas que a las cosas!

  Jon. 4:11. Algunas personas al leer el libro de Jonás pro primera vez dicen que falta algo. Que este final está inconcluso, pero la lección es clara y contundente. Se ha presentado el enunciado, el planteamiento y la solución. El profeta egoísta, exclusivista y falto de visión se ve en contraste real con Dios quien ama a todas las personas sin distinción alguna.

 

  Conclusión:

  La lección de hoy es un claro aldabonazo a nuestra atención materialista. Preferimos, a veces, conseguir la adquisición de un televisor, p. ej. que nos esclavizará con su sombra pasajera, antes de dedicar nuestro tiempo y energía en propagar el Reino de los Cielos. En este tiempo de fracasos políticos y sociales, la lección de Jonás debería ser el carburante que nos lanzara hacia adelante en poso de la conquista del mundo.

  Una palabra más: Cuando hablemos a alguien del Evangelio no debemos sentarnos en la escalera esperando los acontecimientos. ¡Corramos hacia el próximo objetivo! Sólo así conseguiremos acelerar, si cabe, la ansiada segunda venida de Cristo, la ansiada recompensa a la sombra de calabaceras eternas e incorruptas.

  ¡Qué Dios nos bendiga!

LA PROMESA DE RENOVACIÓN

 

Eze. 36:22-32

 

  Introducción:

  Dejamos el hilo de la lección anterior en el momento en que los caldeos entraban “a saco” en Jerusalén y se llevaban cautivos a cientos de ciudadanos incluido el propio rey Sedequías por no hacer caso de los consejos y predicciones de Jeremías. Pero esto no podía terminar así. Hubiera sido una victoria de Satanás y el Señor no podía permitirlo. No obstante, a nivel humano, después de la caída de Jerusalén muchos judíos pensaban que la vida nacional había terminado para ellos. Ya no les quedaba nada: no tenían templo, no tenían rey y no tenían capital. Pensaban que iban a desaparecer de la historia como tantos otros pueblos que lo fueron barridos por la escoba del tiempo. Pero muy lejos de la ciudad, en Babilonia, cerca del lugar del primitivo llamamiento de Abraham, un profeta de Dios estaba predicando a los cautivos que el Señor tenía un plan para la renovación, no sólo a nivel de la persona, sino como pueblo. Que Jehovah iba a llevarles otra vez a su tierra y a bendecirles mientras reconstruían las ciudades.

  Como siempre, Dios no iba a hacerlo porque lo merecieran sino para demostrar al mundo que Él era el Dios verdadero y que sus planes, por más que pareciera lo contrario, no se frustraban. Sin embargo no podía renovar la vida nacional sobre bases antiguas. No era cuestión de hacer otro pacto sobre piedra y establecer nuevos reyes sobre los mismos principios. El nuevo plan exigía un cambio radical. No sólo debían cambiar de actitud, debían hacerlo de mente, alma y corazón. Además, necesitaban un buen agente externo para conseguirlo. Dios iba a quitarles el corazón duro y desobediente y a darles un nuevo corazón y un nuevo espíritu capaces de obedecerle y seguirle en la vida diaria a nivel particular y nacional.

  Pero aún hay más. Esta lección nos enseña que la renovación no se consigue por medio de un cambio de partidos o por votar a unos gobernantes llenos de promesas. La verdadera renovación comienza dentro de la persona y acaba en un nuevo corazón. Sólo el ser así renovado es capaz de proponer soluciones nuevas a una sociedad vieja.

 

  Desarrollo:

  Eze. 36:22. Notemos en primer lugar dos cosas importantes: (a) Es Dios el que habla, y (b) que la causa de la desgracia del pueblo de Israel se debió a que se equivocó de ministerio. Triado y escogido para ser portavoz, ejemplo y valladar del Dios vivo y aquí se les dice con respecto al pacto: al cual habéis profanado. ¿En qué lugar? Dónde debieran de haberlo bendecido: En las naciones adonde habéis llegado. Así que si Jehovah prometió restaurar a Israel en su tierra, no fue porque éste lo mereciera, sino para demostrar al mundo la grandeza de su Nombre. Iba de nuevo a enseñar a toda la humanidad que Él es el único Dios de verdad y que sus propósitos, una vez iniciados, se cumplen. Los pueblos paganos decían que el Dios de Israel era incapaz de salvar a su pueblo de caer en manos de los babilonios. Por lo tanto, a nivel moral, y en apariencia, no sólo el ejército de Israel había sido derrotado, sino Dios mismo. Por eso en este v el Señor anuncia que su propósito al restaurar a Israel a su tierra es revelarse a las naciones como un Ente capaz de convertir en victoria lo que aparentemente parecía una derrota.

  Eze. 36:23. Por su mala conducta y sobre todo, por su cerril desobediencia, los hebreos habían profanado el nombre de Dios entre las naciones por lo que su influencia que debiera de haber sido positiva, fue todo lo contrario. Habían dado mal testimonio y nadie se sentía atraído hacia ese Ser divino. Mas ¿dónde radica la importancia que parece que se le da al problema del nombre? Para el hebreo el nombre de una persona era una extensión de la misma personalidad por lo que insultar el nombre de alguien era insultar o despreciar a la propia persona. Pero, ¿qué entendemos por persona? Cuando somos niños, nuestros propios yo mismos, nuestros familiares, amigos y maestros hacen todo lo posible para confirmar la ilusión de ser unos verdaderos fraudes, que es justamente lo que significa “ser una persona real.” Recordemos que la persona, del latín persona era en origen esa máscara de boca metafórica que usaban los actores en los teatros al aire libre de la antigua Grecia y Roma, la máscara a través (per) de la cual fluía el sonido (sonus), “personus” o personas. En la muerte nos despojamos de la persona, así como los actores se quitan las máscaras y trajes en los camerinos o entre bastidores. Por eso para Dios, y para nosotros, el nombre significa o debe significar algo más. De ahí que nuestros amigos del mundo debieran estar o reunirse en torno al lecho de nuestra muerte para ayudar a quien va a salir de su papel mortal, para aplaudir y aún más, para celebrar con cánticos de alegría el gran despertar de la muerte y la entrada a la nueva vida con el nombre restaurado.

  El nombre es quien da carácter al yo mismo, a nuestro ego y quien define bien la personalidad y no me refiero al patronímico precisamente. Y Dios, para que podamos entenderlo, por medio de un hecho concreto y extraordinario tenía que redimir su buen nombre pues había sido ensuciado, repito, por la actuación del pueblo de Israel. Por eso el regreso de este pueblo a su tierra sería una demostración palpable para el mundo de que el Nombre de Dios es poderoso, santo y digno de adoración.

  Eze. 36:24. El cautiverio de los hebreos que resultó a causa de la caía de Jerusalén, no era la primera deportación de judíos a su tierra. Ciento veinte años antes, cuando Samaria cayó en poder de los asirios, muchos hebreos fueron llevados a distintas partes del medio oriente. De este cautiverio comenzó la leyenda de las diez tribus perdidas de los judíos. En realidad, estas tribus no se quedaron juntas sino, como el v indica, fueron esparcidas por muchas tierras en grupos pequeños. Además, debido a los cuatro diferentes cautiverios y deportaciones que sufrieron los hebreos a partir del 722 aC, había descendientes suyos por todos los países gobernados por Babilonia.

  Eze. 36:25. Este esparcir agua, ¿se refiere a nuestro bautismo? No. Debemos recordar que Ezequiel era un sacerdote judíos y sabía muy bien las ceremonias de limpieza ritual que se llevaban a cabo en el templo. A veces, el sacerdote esparcía sangre sobre el pueblo, Éxo. 24:6-8, o sobre el altar, Lev. 17:6. En otras casos esparcía agua sobre el pueblo, Lev. 14:1-7, o sobre una casa, Lev 14:52, o sobre una persona que había quedado inmunda por haberse contaminado por algo, Núm. 19:17-19. Este último caso, era el de los judíos. Estaban inmundos por sus muchos contactos con la maldad. Por eso, el v resalta el hecho por el cual Dios iba a limpiarlos de sus ídolos. Muchos de los cautivos habían dejado o abandonado la fe en Dios para adorar a ídolos de los odiosos conquistadores y así les iba. Por el contrario, Dios siempre ha deseado eliminar la mala costumbre de adorar ídolos o imágenes. Dios es Espíritu y desea que, en primer lugar, los hombres suyos le adoren en Espíritu y en verdad y en segundo, le obedezcan.

  Eze. 36:26. Este v. y el que sigue son con mucho los más vivos e importantes de nuestra lección. Una vez que los judíos se hayan arrepentido y hayan dejado sus inmundicias, pueden recibir, están en condiciones de recibir, un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Pero, ¿y levantamos la pregunta de los siglos: ¿Es que el que tenían antes no era de carne? Nos explicaremos: Poca gente parece usar esta palabra para significar el conjunto de su total organismo anímico. No se refiere tan solo al cuerpo o a cualquier órgano del mismo pues cuando decimos “yo tengo mi cuerpo”, indicamos algo más. Cuando perdemos una pierna, un brazo o cualquier otra cosa aún decimos: “Yo tengo un cuerpo, soy yo mismo.” Parece que usamos pues, ese vocablo yo, corazón, para algo que está en el cuerpo, pero que no es realmente todo él; aún así, mucho de lo que le sucede al cuerpo parece ocurrirle al yo. Yo corazón, pues, significa el centro de la conducta entera y voluntaria y de la atención consciente y no tiene nada que ver con el órgano del cuerpo del mismo nombre. ¿? ¿Dónde se ubica este extraño órgano tan especial? Gentes muy distintas lo sienten o señalan en lugares diferentes. Para todos los chinos, el corazón mente o alma se encuentra en el centro del pecho, para los duros africanos, en el propio corazón víscera y así se lo comían cuando mataban a un enemigo intentando de esta forma, adquirir todas aquellas cualidades que tenía su dueño, para nosotros los sabios de occidente parece que localizamos el ego en la cabeza, desde cuyo centro dirige el resto de nosotros. La filosofía cristiana es bien distinta. El corazón es el asiento de las afecciones, deseos, esperanzas, motivos y voluntades, Hech. 16:14. También de las percepciones intelectuales, como influenciadas por el carácter moral, Sal. 14:1; Juan 12:40; 1 Cor. 2:9, incluyendo así “toda” la naturaleza espiritual del hombre, Rom. 1:21; 2 Cor. 4:6.

  Hecho este paréntesis, debemos dar énfasis al hecho de que el Señor no puede dar este corazón nuevo con todas las acepciones que implica hasta que el propio hombre no haya sido limpio de su maldad, de donde se desprende la idea de que el perdón viene primero y después, sólo cuando aquél se ha consolidado, la vida nueva. Además, este corazón nuevo, a diferencia del primero que era de piedra, es decir, duro e insensible, será de carne, es decir, tierno y dúctil, sensible y maleable a la voluntad de Dios, atento al más pequeño sonido que venga de su voz. En tres ocasiones el profeta predicó que Dios iba a dar un corazón nuevo al pueblo, 11:17-21; 18:30-32; 36:26, 27. Y otra vez debemos fijarnos que este corazón no viene como resultado del esfuerzo del hombre, sino que es creado por la gracia de Dios. De ahí que este nuevo corazón, este nuevo nombre sin profanar, esta personalidad bien restaurada, este semejante al “yo”, halla su satisfacción en hacer la voluntad divina. Pero no acaba aquí esta promesa. También habrá un espíritu nuevo. Sabemos que este espíritu representa o cuando menos condiciona la actitud humana hacia la vida. Ya no será más egoísta ni cruel y a causa de su nuevo estado el hombre así recreado tendrá una actitud distinta hacia las otras personas y hacia los problemas de la vida, del que aun no es del todo ajeno.

  Eze. 36:27. Aquí vemos que además del corazón y el espíritu nuevos, Dios promete que su propio Espíritu va a residir en la vida de todo el que quiera. Este v es el anticipo de la promesa del E Santo en el NT, Juan 14:26; 16:13, por lo que la misma es muy hermosa. Y lo es porque el Espíritu de Dios no es algo que viene en ocasiones determinadas sobre la persona, sino que es la presencia de Dios que mora constantemente en el creyente para guiarle y ayudarle a tomas las decisiones de su vida.

  Eze. 36:28. ¡Qué deliciosa promesa! Como Dios dio la tierra de Canaán a los ancestros de los cautivos, les promete restaurarles ahora en su tierra para comenzar su vida nacional, sentimiento que tenían extraordinariamente desarrollado y que por fin iban a poder convertirlo en realidad. Esta profecía se cumplió cuarenta años más tarde, cuando Ciro el Grande de Persia autorizó a los judíos a regresar a Israel y a que construyesen de nuevo templo y ciudades.

  Eze. 36:29. Así la mano protectora de Dios estaría sobre su fiel pueblo en todo momento. No iban a caer en las viejas prácticas de idolatría e inmoralidad. No tendrían ya ocasión de pedir a los ídolos cananeos una bendición especial para sus cosechas como sus padres habían hecho, Dios mismo, el Dios vivo, iban a verlos y bendecirlos para que no pasasen hambre. De nuevo tenemos otra promesa muy importante. La tierra había sido abandonada durante años y seguramente muchos pensaban que no tendrían cosechas al volver y que acaso padecerían hambre, mientras que, en Babilonia, al menos tenían comida. Lo de siempre. Otra vez aparece el sentimiento universal de la fe. Aquellos que quisieran volver tendrían que hacerlo confiando en el dicho de Ezequiel y Dios acerca de las cosechas.

  Eze. 36:30. Continúa el mismo pensamiento. Era una vergüenza tener que comprar comida a las naciones vecinas, porque por este hecho confesaban que su país y su Dios eran incapaces de sostenerlos.

  Eze. 36:31. Es bueno recordar de vez en cuando lo que hemos hecho y lo que éramos antes de seguir a Jesús para que podamos darle gracias por su gran misericordia en salvarnos y también para que nos sirva de advertencia, porque el Tentador siempre está cerca, por lo que tenemos que fijar nuestra atención y meta en seguir a Dios para no caer en los lazos del diablo, siguiendo el principio de los “vasos comunicantes.” Por otra parte, este sentimiento que genera vergüenza a causa de nuestras malas obras, nos predispone a no caer más en los mismos hoyos, en los mismos pecados. Además recordar públicamente las debilidades antiguas, siempre es un testimonio que enseña por la sencilla razón que una imagen vale más que mil palabras, es decir, la viva comparación de lo que éramos antes y lo que ahora somos por la voluntad del Señor, valen más que mil palabras huecas. Pero, eso sí, nunca debemos vanagloriarnos del cambio experimentado y sí agradecer lo que hemos recibido:

  Eze. 36:32. No es a causa de vosotros que hago esto; sabedlo bien, dice el Señor. El profeta vuelve al tema del v. 22 para decir e insistir que Dios no va a hacer todo esto porque ellos se lo merecen, sino porque es una obra de su gracia y para que el país sepa de su poder. Ninguno de nosotros merecemos la salvación de Dios, la salvación que nos da a través de su Cristo. A nosotros nos toca recibirla por la fe únicamente.

 

  Conclusión:

  ¿Cómo podemos hoy recibir un corazón y un espíritu nuevos? Arrepintiéndonos y confiando en Cristo: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarlos y limpiarnos de toda maldad, 1 Jn. 1:9.

  Así sea.

DIOS SE PREOCUPA POR LAS CRISIS NACIONALES

 

Jer. 38:2-6, 17, 18

 

  Introducción:

  El 17 de diciembre de 1972 tuvimos una lección titulada Una Lealtad Costosa. Bien, estaba basada en los mismos vs. que hoy nos disponemos a estudiar, excepto los vs. 17 y18; con lo que venimos a demostrar una vez más que la Biblia es tan rica en material de toda índole que lo mismo podemos sacar enseñanzas de una lealtad hasta la muerte de un hombre que demostrar que Dios se interesa por las naciones que experimentan crisis de alto nivel. Aquel día dijimos que Jeremías, como el viejo patriarca Job, o como miles de años más tarde, el apóstol Pablo, era un creyente que podía decir legalmente: ¡Yo sé que mi Redentor vive! Mas la moderna enseñanza establece que no es suficiente saber, sino que es necesario, además, saber que se sabe. Jeremías demostró saber en quien creía. Demostró su seguridad en Dios a pesar de los dolores y pruebas por las que tuvo que pasar, pues dijo: Uno con Dios es mayoría. No le importó que el rey Joacim rompiera en pedazos el rollo de sus profecías ni que lo quemará en un brasero. Otro rollo, otra vez su secretario o escriba, y la profecía aparecería de nuevo más firme y vigorosa, si cabe, que la presentada en un principio. No le espantó ni la burla de los cortesanos, ni la mazmorra, porque sabía que a la postre, Dios no le abandonaría.

  Hay una frase que afirma: “No, no es fácil predicar al Cristo crucificado con un espíritu crucificado.” Pues Jeremías hizo algo más difícil. Aunque por cuarenta años estuvo de continuo en franco antagonismo con los pecados y vicios de su pueblo, con los roces y dolores que representa salir incólume y sin mancha de todos esos problemas, la fuente de sus lágrimas que mantenía dentro de su alma, nunca se secó. Se ha comentado de él que predicaba los terrores de Sinaí con la ternura del Calvario. Que predicaba la salvación con lágrimas en los ojos… No me es difícil imaginar su impotente rabia al ver como sus ciudadanos, al no hacerle caso, se perdían para siempre. Jeremías no predicaba a un desierto, sino a piedras vivientes, a piedras que amaba mucho.

  Una crisis nacional estalló en Judá en el año 589 aC. El fiel rey Sedequías, aconsejado por sus nobles, decidió rebelarse contra el imperio de Babilonia del que eran deudores. Durante años Judá había sido dominada por aquel poderoso país, hasta el punto que los mismos reyes eran impuestos por él. Al recibir la promesa de ayuda militar de Egipto, algunos pensaron que había llegado el momento de librarse del yugo que representaba vivir en paz bajo el dominio babilonio. El profeta Jeremías, de manera acertada, no lo vio así. Comprendió que los de Babilonia eran los agentes del juicio de Dios sobre la Judá pecaminosa de sus desdichas. De forma valiente anunció al rey que los egipcios no iban a cumplir su promesa y que huirían ante el enemigo común y que, después, el ejército babilónico iba a entrar a Jerusalén “a saco.” Así que su tesis estaba basada en que era mejor rendirse al actual opresor que hacerle frente si querían evitar la pérdida de muchas vidas humanas y la destrucción de su hermosa Jerusalén a causa del fuego. Claro, los que confiaban en los egipcios no lo creyeron y le acusaron de ser un traidor. Quisieron matarlo, ya que decían que con sus palabras estaba desanimando a los ya de por sí cobardes soldados judíos.

  Esta era la difícil posición del profeta que vamos a estudiar en esta lección y que motivó aquella otra citada al principio. En primer lugar debemos decir que él no era un cobarde o menos patriota que los demás, tenía que dar este consejo en contra de la corriente porque era un mensaje de Dios. Pobre Jeremías, a veces quizá pensase retirarse a su cómo refugio de Anatot, su pueblo natal. Pero sabía que si lo hacía nunca más oiría la voz de Dios, nunca más sentiría la satisfacción suprema de haber hecho lo mejor que sabía. Nunca podría haber oído la voz de: Buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré.

  De la lección debemos aprender dos principios fundamentales: (a) A veces el cristiano tiene que tomar decisiones a favor de principios justos aun cuando éstos no sean populares porque hay que ser responsables frente a Dios y decidir lo que es correcto, y (b) hacen falta voces responsables en tiempos de crisis. Cuando otros reaccionan con emoción e indecisión, el cristiano debe analizar el problema con calma y advertir las consecuencias de una decisión errónea.

 

  Desarrollo:

  Jer. 38:2. Así ha dicho Jehovah: No se inmuta al saber que los que le escuchan con ansiedad son sus viejos enemigos descritos en el v. 1. El que se quede en esta ciudad morirá por la espada, por el hambre o por la peste. Porque los caldeos arrasarían hasta los campos y ya no habrían cosechas, los heridos, enfermos y moribundos infectarían la ciudad sagrada con la peste. Pero el que se rinda a los caldeos vivirá. La histórica escena que narra este v. es la que vivía entonces la capital bajo el sitio del ejército babilónico. Jeremías intuyó, Dios se lo hizo ver, que la ciudad iba a caer en manos de aquellos enemigos y así se lo dijo a los oficiales del rey Sedequías. Muchos de aquellos nobles y aun algún profeta falso, que los había, pensaban que Dios no iba a permitir nunca que la “ciudad santa” cayera en manos de la cruel y odiada Babilonia, Jer. 28. Nuestro hombre, como verdadero profeta llamado por Dios a predicar juicio sobre el pueblo pecador, sabía que esto no era así. Con su desobediencia, no había cumplido el pacto con el Señor y Él no iba a proteger siempre a aquella ciudad cuando sus mismos ciudadanos lo habían abandonado para ensuciarse en brazos de la idolatría y la inmoralidad.

  Pero los políticos tenían otra esperanza muy distinta. Habían negociado una alianza militar con Egipto y por aquellos días habían sabido que el hipotético ejército salvador había salido de África para ayudar a los sitiados de Jerusalén. En el cap. 37, el profeta les declaró que todo era una ilusión óptica, que aquel ejército representaba una base falsa. Por revelación supo que ellos no podrían hacer nada, que huirían ante el tempestuoso empuje babilónico y que, por fin, aunque quedaran pocos de los antiguos sitiadores, aun estando heridos, serían capaces de entrar en la capital porque no era precisamente su fuerza la motriz de la destrucción, sino que por el contrario, los movía el abandono de Dios por el pueblo y por eso, tenían necesariamente que vencer.

  Por eso las profecías de Jeremías siempre fueron consecuentes. En los caps. 21 y 34 lo había dicho ya, en este 38, lo anuncia de nuevo. Notemos las dos partes principales de que constaba su mensaje: (a) Los que se quedaran en la “aparente” seguridad de la ciudad iban a morir por la espada, el hambre o la enfermedad, y (b) los que se entregaran vivirían. ¡Qué contraste! el 19/11/72 ya estudiamos otra lección paralela surgida del maravilloso cap. 21 del propio Jeremías. ¡El profeta, en su desesperación, aún quería salvar sus vidas! Mas, ¿cómo iba a conseguirlo si decía que debían entregarse a un enemigo cruel y despiadado? Su vida será por botín y vivirá. Y deben creerlo. El sabía que de las cenizas presentes saldría un glorioso retorno arrepentido. Una vez más, presenta la salvación bajo el cáliz de la inseguridad. Pide fe. El pueblo debía aprender de nuevo en el Dios de sus padres.

  Jer. 38:3, Así ha dicho Jehovah: Notemos que siempre indica que el mensaje no es suyo. Ciertamente está ciudad será dada o entregada en mano del ejército del rey de Babilonia, y la tomará. Este fatal desenlace era inevitable. Nabucodonosor iba a destruir Jerusalén. Jeremías lo profetizó una vez más (antes ya lo había hecho en 21:8-10 y 34:2, 22), aunque sabía que el aquel mensaje no gustaba a sus interlocutores. ¿Quizá esperaban de él una mentira piadosa? No. No es agradable decir a la gente que está muerta como no se arrepienta de inmediato. Así, ¿debemos ocultar la verdad por cruel y dura que sea? No. Todo aquello que se aparta de la verdad, es mentira y nosotros no podemos permitirnos ese lujo. Por otra parte debemos ser conscientes de que si declaramos la enfermedad, conocemos al médico que la cura. Sabemos el mensaje de Dios y como el profeta, debemos conocer que no es nuestra opinión particular. El dijo primero: Así ha dicho Jehovah, y luego la profecía sobre la caída de la ciudad. Jeremías era un hombre tan humano como el que más. El no quería vez la destrucción de su capital, no quería morir (leer 37:20), pero su mensaje era una revelación de Dios y tenía que anunciarlo o no hubiera sido fiel a su llamamiento como profeta, 1:1-10.

  Jer. 38:4. Entonces los magistrados dijeron al rey: Todos al unísono fueron al rey, los mencionados en el v. 1: Jucal, hijo de Selemías, que pertenecía a la comisión que mandó el rey para que Jeremías rodase a Dios por la nación, 37:3, Gedalías hijo de Pasjur, el que azotó y puso el cepo al profeta 20:1-3. Otro Pasjur hijo de Malquías, el cual había tomado parte en otra comisión que se formó para preguntar a Jeremías que sabía acerca de la invasión caldea, 21:1. ¡Qué muera este hombre! Esto lo dijeron al rey cuando llegaron a la conclusión de que el mensaje de Dios no les convenía, pues de esta manera, con sus profecías, dichos y consejos de entregarnos a los caldeos, desmoraliza a todos los hombres de guerra que han quedado en la ciudad. Quizás ya se habían marchado sin más enseres ni bienes que su propia vida. Y pensaban que el profeta era traidor al país, aunque no era así. No obstante, aquellos príncipes llegaron a la conclusión: Porque este hombre no busca el bien de este pueblo, sino su mal. Los políticos ateos consideraban que el camino hacia la paz pasaba a través de la alianza con Egipto. Pero Jeremías sabía que la clase de resistencia pasiva sería una lucha inútil y que, a la larga, iba a venir la destrucción total. En realidad Jeremías buscaba la única paz verdadera: ¡La reconciliación con Dios!

  Jer. 38:5. Este v indica que el rey ya no mandaba en su propia país. Se había vendido a los políticos del partido pro egipcio para no tener responsabilidad alguna en el futuro. Este rey nos hace pensar en Pilatos: ¿Qué pues haré con Jesús? Y le entregó para ser crucificado, Mat. 27:22-26. Con todo y debido a esa falta de autoridad, el rey estaba más preso que Jeremías frente a las iras y demandas de sus príncipes y consejeros. Varias veces había ido a consultar a Jeremías creyendo realmente que era un profeta del Señor vivo, pero aquí, prefirió ignorarle ante sus políticos.

  Jer. 38:6. Entonces tomaron a Jeremías, los príncipes. Aquel duro castigo casi equivalía a una pena de muerte. Sabido es que todas o casi todas las casas tenían cisternas para guardar el agua y poder usarla en tiempo de guerra o en tiempo de paz, ya que no llovía, por lo general, desde mayo a octubre. Claro que este pozo no era el que estaba en casa del escriba Jonatán de dónde el propio Sedequías lo había mandado sacar, 37:11-17, sino que pertenecía , a Malquías hijo del rey, que estaba en el patio de la guardia. En este lugar ya había estado Jeremías. Y lo bajaron con sogas, esto nos da idea de lo profunda que era. No hacían otra cosa que sepultarlo vivo en un lugar desde el cual ya no podría hablar más a la gente. En la cisterna no había agua, sino lodo, y Jeremías se hundió en el lodo. Puesto que no había agua en la cisterna, sino sólo barro, se deduce que el suceso ocurrió en julio o agosto del año 578 aC. Así el profeta, con barro hasta la cintura, no podía acostarse ni sentarse nunca y, por lo tanto, estaba en continua tortura. Cuando el sueño le venciera, sería el fin.

  Si el profeta hubiese quedado en aquella cisterna habría muerto por asfixia o por hambre. Pero no fue así, porque Dios aún tenía que utilizarlo. Así, el Señor mueve a compasión a Ebedmelec y lo rescata. Era quizá el menos indicado, negro, oficial del rey, con riesgo de su propia vida, pero lo consiguió. Fue a ver a su señor y obtuvo permiso de este vacilante personaje para salvar a Jeremías. Este fue el hecho que sin duda salvó la vida del profeta

sentimental.

  Jer. 38:17. Este fue el último esfuerzo para salvar al pueblo. Una vez más, el débil rey consultó en secreto a Jeremías sobre el futuro de la ciudad como queriendo ver si por repetido cambiaba el mensaje de acuerdo con sus intereses y gustos. ¡Pero fue el mismo! La respuesta que obtiene es la misma que en ocasiones anteriores, 37:17, por la sencilla razón que no era una opinión del profeta, que acaso pudiera estar afectada por el sufrimiento que resultaba de estrangular el cerco, sino palabra de Dios, y a Éste nada ni nadie podía afectarle.

  Jer. 38:18. Pero si no te rindes, aquí tenemos la misma lección anterior descrita negativamente para poder realzar el mensaje:

  –Si el rey continúa resistiendo, la gente babilónica no tendrá misericordia y destruirán todo, ¡hasta matarán a la familia real!

  En efecto, esto es lo que ocurrió. El temido ejército abrió una brecha en el aparente inexpugnable muro de Jerusalén y tomó la ciudad a espada y fuego. Cuando el rey intentó escapar hacia el norte fue apresado cerca de Jericó y sus hijos fueron muertos ante sus ojos, después de sacarles los suyos, y fue finalmente llevado cautivo a Babilonia donde murió. Algunos han dicho, dando la razón a los príncipes, que Jeremías no era un patriota leal al aconsejar la rendición de la ciudad, que el verdadero ser y hombre debe luchar “hasta el último cartucho” por lo que es suyo. Nosotros, al contrario, vemos en Jeremías al más noble de los patriotas. Sabía que su nación no había cumplido el pacto con el Señor y que la guerra que estaba padeciendo no era sólo una circunstancia en la historia del mundo, ¡era el juicio de Dios a causa de su pecado y rebeldía! Sabía que, después del juicio, el Señor iba a establecer un nuevo Pacto en los corazones de los que creían en él y obedecían sus mandatos. Por lo tanto, en esta crisis nacional tuvo que obedecer la voz de Dios y aconsejar a sus compatriotas la entrega a los babilónicos como mal menor. Si lo hubieran hecho habrían salvado muchas vida inocentes y a la propia ciudad. Pero no le escucharon, la nación cayó y con ella su orgullosa capital.

 

  Conclusión:

  Winston Churchill lo dijo: “La cometa se eleva más alto en contra del viento, no a favor.” Es en las crisis, en las dificultades, donde se forja al cristiano. Nosotros, como el que más, debemos reconocer nuestra responsabilidad delante de Dios de ser buenos ciudadanos y de trabajar a fin de que nuestro país sea justo y que obedezca las leyes del cielo.

  Una palabra más: Sabemos que Jeremías no fue un traidor porque precisamente después de la caía de Jerusalén, los crueles babilonios ofrecieron llevarlo a su capital como huésped y el fiel profeta prefirió quedarse con su pueblo en las ruinas y ayudarles en la reconstrucción de la ciudad, 40:1-6. Eso es todo. Nuestra nación, ¿tiene algún problema que requiera nuestra atención? Oremos por él. Nuestra ciudad, ¿tiene alguna crisis que vencer?. Oremos por ella. Nuestra familia, ¿tiene alguna dificultad? Pues oremos por ella. ¿Necesitamos que oren por nosotros? Oraremos y lo haremos sin descanso, con el corazón, cómo llevando el mensaje de Dios, cómo si fuéramos los únicos mensajeros, cómo si nos fuese la vida en ello y eso sin pensar que por hacerlo, es posible que acabemos con el barro hasta la cintura en el fondo de una cisterna cualquiera.

  ¡Qué Dios nos bendiga!

DIOS SE PREOCUPA POR LAS RELACIONES QUEBRANTADAS

 

Ose. 4:1-3, 6; 6:1-3; 7:4-7;11:8, 9

 

  Introducción:

  Si hubo algún profeta de los llamados mayores y menores que tuvieron que desarrollar su ministerio entre vejaciones físicas, morales y hasta sociales, éste fue sin duda Oseas. Cuarto profeta cronológicamente hablando, ejerció su cargo por cosa de sesenta años, 784-725 aC, desde el inicio del largo reinado de Azarías (correspondió a los últimos catorce años de Jeroboam II de Israel, 2 Rey. 14:23; 15:1), hasta alguna época del reinado del rey Ezequías de Judá. Por lo tanto fue contemporáneo de Isaías, Miqueas y tal vez de Joel y Amós.

  Aunque en el primer v señala a los reyes de Judá, lo hace para fijar el tiempo de su profecía, ya que él fue mayormente profeta del reino del Norte o Israel, aunque de paso amoneste, consuele, a Judá en alguna ocasión. La profunda verdad que se desprende del libro de Oseas es que a pesar del pecado, Dios nos ama a todos, siempre está dispuesto a perdonar y a restaurar a los que se arrepienten de verdad. Y para que quede bien convencido, el Señor le encarga que se haga esposo de una manera llamada Gomer a sabiendas de que padecerá los detritus de su manifiesta infidelidad. Aquí no hay sólo una llamada divina de ir a la mies, la aceptación del mensaje incluía la vejación social de ser un tullido bufón escarnio de los demás. Pero Oseas dijo: Heme aquí envíame a mí. A partir de ahora van a ser personajes de una gran obra teatral que encierra la verdad eterna: ¡Dios nos ama! Oseas tendrá el papel del propio Dios, su esposa será el pueblo de Israel. Su unigénito Jezreel simbolizará el último rey de la casa de Jehú, de Israel. Su hija Lo-rujama, uno de los papeles más dolorosos: Representa el hecho de que Dios nunca más tendrá misericordia de Israel y por fin, su benjamín, su hijo pequeño Lo-ammí, el mensaje de que ellos ya no serán su pueblo y Dios ya no será su Dios.

  Pero si el mensaje de Oseas y de Dios terminase aquí, el destino del pueblo y del mundo sería fatal. No obstante, dice el propio Ose. en 1:10, el número de los hijos de Israel será como la arena del mar… Y hace que el profeta corra de nuevo a comprar a su esposa infiel a instancias de sus entrañas conmovidas por el amor. Este es el mensaje real de Oseas: (a) El pecado separa al hombre de Dios; (b) Dios desea que el hombre se arrepienta y lo invita a hacerlo; (c) Un arrepentimiento ceremonial, no sirve; (d) Dios siempre perdonará y aceptará como hijos suyos a todos aquellos que se arrepientan sinceramente, y (e) el hombre debe seguir el ejemplo de Dios y estar siempre listo a perdonar a otros a fin de restaurar las relaciones rotas o quebrantadas por seguir con el léxico indicado en el título de nuestra lección.

  ¿Quién es sabio para entender estas cosas y prudente para que las conozca? Sí, ciertamente los caminos de Jehovah son rectos y los justos andarán por ellos. Pero los rebeldes caerán y tropezarán en ellos, Ose. 14:9. La lección de hoy nos enseña la actitud de Dios en cuanto al pecado humano. Su justicia exige el juicio sobre el pecador, pero no encuentra satisfacción en que éste reciba lo que merece. Su corazón se conmueve con la compasión y su deseo es que el hombre vuelva a la senda de la que no debió de salir jamás.

 

  Desarrollo:

  Ose. 4:1. Estos vs. constituyen un resumen de la situación en el país de Israel durante la vida de Oseas. El profeta se consideraba un mensajero del Señor y anuncia al pueblo que Jehovah Dios desea entablar una controversia (un pleito) con él. La acusación propiamente dicha contiene dos partes. En este primer v habla del aspecto negativo: No hay verdad en la tierra, ni lealtad, ni conocimiento de Dios. La palabra verdad significa fidelidad o estabilidad en el sentido de honradez en el comercio y el trato de las personas. Al no haber nada de verdad entendemos que los hombres no cumplían, ni cumplen, con sus obligaciones. En cuanto a la palabra misericordia es una de las más importantes del AT y como sabemos, significa “amor real y leal” o “amor del pacto.” En otras palabras, es el amor que es fiel hasta la muerte no importando las circunstancias en las que se desenvuelva ni las adversidades que tenga que vencer. El conocimiento de Dios no es principalmente conocimiento intelectual aunque naturalmente lo incluya. Es el conocimiento que se adquiere por medio de la experiencia personal con la idea del hombre que conoce a su esposa con la acepción bíblica del v. conocer, Gén. 4:1. Además, uno no puede conocer todos y cada uno de los atributos de Dios, debe conocerlo principalmente como Señor y Salvador personal, ver: 2 Tim. 1:12.

  Ose. 4:2. Esta es la segunda parte de la acusación, el aspecto más positivo. Oseas describe todos los pecados de Israel. Es un catálogo terrible y demuestra lo que pasa en una sociedad sin verdad, sin misericordia y sin conocimiento de Dios. En este v concreto se acusa al pueblo de haber desobedecido cinco de los Diez Mandamientos.

  Ose. 4:3. Extraño v. Tenemos ya preocupación ecológica en el año 700 aC. La contaminación del ambiente era un hecho, pero es el resultado natural de tanta maldad. La naturaleza se viste de luto cuando el hombre la desequilibra y trastorna con todos sus pecados. Hoy día más que nunca se ha demostrado que toda la naturaleza sufre a causa de los pecados del hombre, los ríos se contaminan y los animales se exterminan sin piedad… Tenemos congresos provinciales, nacionales e internacionales que tratan de paliar los males ecológicos de la contaminación. Se buscan soluciones que tiendan a menguar el alto nivel de polución de fábricas y ciudades, de insecticidas y comestibles pasando por los detritus de la comida y los plásticos indestructibles, pero todo será en vano porque el hombre equivoca el problema. El desfase de la naturaleza no es externo al hombre, sino interno. El hombre no quiere reconocer que toda la creación sufre las consecuencias de los pecados del pueblo que no cumple su pacto con el Señor. Además en la frase la tierra está de duelo y todo habitante desfallece, aparte de constatar una realidad hay una amenaza clarísima. No sólo peligran animales del campo, las aves del cielo y los peces del mar, sino que quien está en peligro es el rey de la creación: El hombre mismo. En efecto, el hombre se está auto destruyendo paulatina pero inexorablemente. Cada día tenemos noticia de alimentos adulterados, de bebidas falsificadas y de plagas higiénicas como la de los piojos en las escuelas. Todo indica el mismo desequilibrio, el mismo fin: ¡La destrucción total!

  ¿Todo esto por qué?

  Ose. 4:6. Se está refiriendo sin duda a la clase de conocimiento descrito en el v. 1 que hemos comentado. La falta del mismo en cuanto a Dios tiene como resultado la destrucción de la propia personalidad, de la familia y de la nación. En aquel momento la anunciada hecatombe no se había producido aún, pero el profeta la vio tan clara, tan cierta, que la describió como un hecho vivo y consumado. Y la intuyó porque vio las señales características de la inminente destrucción, el pueblo había abandonado a Dios y se había ido en busca de otros dioses prostituyéndose y por ello provocando su ira. Oseas lo sabía, era el principio del fin.

  La segunda parte del v. trata del pecado de los sabios dirigentes espirituales del pueblo, de los sacerdotes. Tenían la obligación de enseñar la ley, de dar instrucciones religiosas al pueblo e indicarles la mejor orientación moral. Habían fracasado porque ellos mismos habían rechazado el conocimiento personal con el Señor y se transformaron únicamente en religiosos profesionales sin ningún contacto con Dios. Por otro lado, olvidaron la misma instrucción que debían impartir al pueblo y que era una de las causas fundamentales de su existencia como órgano rector de la religión. El porque te has olvidado de la ley de tu Dios abarca más que un simple olvido, como si algo se escapa de la memoria, es mucho más fuerte y grave. Significa que abandonaron la ley, que no la guardaron en sus propias vidas, que no la cumplían y que, por lo tanto, no tenían la fuerza moral de hacerla cumplir al pueblo, Isa. 49:14; Deut. 8:11.

  Hasta que punto el pueblo abandonó al único Dios se describe perfectamente en Ose. 2:13.

  El castigo de los sacerdotes era el mismo de siempre: Aquello que habían sembrado tendrían que cosecharlo. Habían dejado a Dios, lo habían rechazado y ellos mismos serían rechazados por el Señor. Pero aún hay más: Como abandonaron la ley y no pudieron instruir ni a sus propios hijos como cabría esperar, Dios los abandonaría también en el momento de la elección de nuevos sacerdotes, orgullo y objetivo principal de herencia de cualquier primogénito levita. Como siempre, pues, el castigo es sufrir las propias consecuencias del pecado.

  Pero, ¿se arrepintió de veras el pueblo a causa de la gráfica y clara profecía de Oseas? No. Al pecado del no arrepentimiento unieron el de la hipocresía.

  Ose. 6:1. ¡Venid y volvámonos a Jehovah! Para entender este v debemos leer el anterior, nos habla Dios: Voy a volverme a mi lugar, hasta que reconozcan su culpa y busquen mi rostro. Y en su angustia me buscarán con diligencia. En efecto. Así que el v1 es una cita textual del pueblo al darse cuenta de todos sus problemas. Pero por desgracia no tomaban a Jehovah en serio, y pensaban que por medio de cierta penitencia o de una ceremonia en un determinado templo podrían arreglarlo todo. Nada más lejos de la realidad. Dios escudriña los corazones y este v es la oración de un pueblo que parece sincero. No es que las palabras sean malas, es el espíritu con qué se dicen. No vale la pena ir a Dios, volverse a Dios, con los sacrificios que reporta, si no hay un arrepentimiento genuino y el firme propósito de abandonar para siempre el pecado y seguirle sin condiciones. Dice un refrán muy sabido que para ser ladrón y no ganar nada, es mejor ser honrado. Aquella actitud de golpearse el pecho y lacerarse no servía de nada como bien patentiza el v. 4.

  Ose. 6:2. Al tercer día nos levantará y viviremos delante de él.  Algunos han interpretado este v como una profecía de la vuelta a la vida de Cristo, de la resurrección de Cristo, pero hay que ver y recordar que Oseas estaba hablando a su pueblo, a su propio pueblo, en términos que ellos podían entender a la perfección. El profesor James Ward, en su comentario sobre Oseas, cita el hecho de que los hebreos tenían un plazo de tres días para venir y reunirse en el santuario principal, 2 Sam. 20:4; Esd. 10:8, 9; Jos. 9:16, 17. La esperanza que emana de este v. es que después de 3 días de viaje tendrían el gozo de recibir perdón en el santuario descrito. En otras palabras, sin importar lo que habían hecho, si iban al templo en cuestión y celebraban un culto, tendrían una nueva vida. Esto era falso, pero lo creían. En parte debían la creencia a la errónea dirección de los sacerdotes.

  Ose. 6:3. Este v es hermoso y es una lástima que no saliese de unos labios sinceros. Fijémonos que el pueblo creyó que el perdón de Dios era tan cierto como el amanecer o como la lluvia de la primavera o el otoño en Canaán, es decir, inminente, fijo, necesario y obligatorio… ¡hicieran lo que hicieran! No tuvieron en cuenta que su piedad era como el rocío que desaparece pronto bajo los efectos del sol, Ose. 6:4. Era por lo tanto, un mal arrepentimiento, falso e ineficaz. Pronto saldría al exterior la cruel realidad de sus corazones lleno de perversidad y rebelión:

  Ose. 7:4-7. Estos vs. describen mejor que nada como los judíos trataron de resolver sus problemas. Gastaron todo su tiempo en la política y en la comida. Eran adúlteros en el sentido de que, además del pecado físico, habían abandonado al Dios verdadero para ir detrás de los dioses falsos de Canaán y servirles. Eran como hornos en los que siempre se está cociendo un complot o un arreglo político, 1 Rey. 16:8-14; 2 Rey. 15. En cuanto al carácter de sus pecados tenían el agravante de la nocturnidad, pues era en la noche cuando, en la soledad del descanso, hacían o fraguaban los delitos del día siguiente. Toda la noche dormita el furor de ellos, es una frase que se explica por si misma. Pero el delito más grave se describe en el v. 7. En medio de sus intrigas y conspiraciones nadie se acordó en buscar la ayuda de Dios. El viejo mal no ha desaparecido por desgracia. Muchos son los que hoy en día piensan que sus propios planes se bastan y se olvidan de Dios.

  Ose. 11:8. Este v. y el que le sigue son los más importantes de la lección. Es una visión del corazón de Dios. Él se pregunta a sí mismo sobre sus hijos rebeldes y alejados. Piensa que no puede abandonarlos. Sería imposible. Sí, su corazón se conmueve al pensar en su pueblo. Son malos, pero son suyos. No puede dejar que se destruyan por completo. No está en su ánimo incumplir su promesa con Abraham.

  Los nombres de Efraín e Israel son sinónimos, quieren decir lo mismo. ¿Por qué? La tribu de Efraín era la más grande de todo Israel y, por lo tanto, podían representar muy bien a toda la nación del norte, del mismo modo que Barcelona es indicativa o representativa de Cataluña p. ej. Pero, ¿que pueden significar las ciudades de Adma y Zeboím? O ¿qué calamidad las abatió? Las dos fueron destruidas conjuntamente con Sodoma y Gomorra, Gén. 19:24, 25. ¿Iba Dios a destruir así a Israel por más que le sobraban motivos?

  Ose. 11:9. Como podemos comprobar, este v es la clave de todo el asunto: Dios expresa el motivo por el que no destruye al pecador. Dice: No ejecutaré el furor de mi ira, no volveré para destruir a Efraín, porque soy Dios y no hombre. Yo soy el Santo en medio de ti, y no vendré contra la ciudad. Sí, desde luego, podemos levantar la pregunta: ¿Por qué no abandonó Dios a Israel y al mismo pecador, después de sufrir tanta rebeldía y desobediencia? El v nos da la respuesta: ¡Porque soy Dios y no hombre! Sólo Él tiene tanta paciencia producida por su amor y gracia. Pero además, no sólo puede perdonar al pecador que se arrepiente, sino que puede generar en él una nueva vida con toda la ventaja de la nueva situación. Este es el gran amor de Dios, motor y principio de la reconciliación, fuente de la vida y pan de la Salvación.

  Por último la frase: No vendré contra la ciudad, es decir, a destruirla, a coger pillaje… Es un buen consuelo, pero a la vez una advertencia. ¿Hasta cuándo tentaremos la paciencia divina?

 

  Conclusión:

  Dios se preocupa de las relaciones quebrantadas, pero quiere que los hombres colaboremos en este trabajo, pues debemos ver y recordar que nuestra moralidad depende del conocimiento que tengamos de Dios, que nuestra fidelidad depende de nuestro amor hacia Él y que por fin, si bien su misericordia no tiene límites y corre en nuestra busca una y otra vez para darnos el perdón del esposo amante, no debemos tentarlo hasta el punto que se olvide de nosotros, que es lo mismo de incitarle a que entre en nuestra ciudad “a saco.”

  Mientras tanto: ¿Quién es sabio para entender estas cosas, y prudente para que las conozca? Ciertamente los caminos de Jehovah son rectos y los justos andarán por ellos. Pero los rebeldes tropezarán en ellos, Ose. 14:9.

  ¡Qué Dios nos ayude!